El entorno inmediato. El pasado de Brunete

 Una descripción de Brunete a comienzos del siglo XX

Capítulo 2, Tierras de pan  de la novela  La forja de un rebelde de Arturo Barea,

La Forja de un rebelde

Para empezar a saber más…

Historia de Brunete

El pueblo de Brunete

Brunete en Wikipedia

Brunete en la memoria

Un pueblo con mucha historia

Batalla de Brunete

 

Leamos unas páginas de La Forja de un rebelde en la que Barea nos habla del pueblo a principios del siglo XX…

“En Brunete la mayoría de la gente sólo come una cebolla con pan por las mañanas cuando se van al campo, un gazpacho a mediodía y la olla por la noche, pero hecha sólo con garbanzos y un cacho de tocino. El tío Hilario, que es el marido de la tía Braulia y el hermano mayor de mi tío José, es ahora uno de los más ricos del pueblo. Eran seis hermanos y todos se libraron de ser soldados, menos el más pequeño, que era mi tío José. Entonces los soldados estaban ocho años en el cuartel. Cuando se marchó de quinto era, como todos, un patán que no sabía leer ni escribir. Como eran muchos hermanos, la familia era muy pobre y no comía más que los garbanzos con tocino, y éstos, los peores, porque los otros, los escogidos, se pagaban más. En el cuartel aprendió a leer y escribir; y mientras tanto se murieron sus padres y los hermanos trabajaron las tierras todos juntos y se casaron. Con las mujeres y los chicos, que empezaron a nacer en seguida, aunque el tío José les había dejado su parte de tierra, estaban todos muertos de hambre. En aquel tiempo, algunas veces, por no tener dinero para alquilar mulas y burros para la labranza, tiraban del arado los hombres y las mujeres. La tía Braulia ha tirado muchas veces. Mientras tanto, mi tío José, que no pensaba volver a arar, se había hecho sargento, y cuando se licenció se colocó en el Ministerio de la Guerra, porque tenía muy buena letra y sabía muchas cuentas. Empezó a ahorrar dinero para prestarlo a sus hermanos, que ya no tuvieron que pedir dinero prestado al usurero del pueblo, pagándole una peseta por cinco.

 Cuando recolectaban el trigo tampoco se lo vendían al usurero, sino que mi tío se encargaba de vendérselo en Madrid. Las ganancias se las repartían entre todos. Así pudieron comprar mulas y ya vivían bien. Después, cuando la guerra de Cuba, mi tío había prestado algún dinero a otros del pueblo, y un día se presentó allí, reunió a todos los parientes y a los más viejos del pueblo y les dijo que si le dejaban el trigo él se lo vendía a todos en Madrid para el Ejército, mucho más caro que como se lo pagaba el usurero. Entonces se hicieron ricos y mi tío les dio dinero suficiente para que se compraran más tierras y más mulas. Así la mitad de las tierras del pueblo eran de los hermanos de mi tío. Todos trabajaban bajo las órdenes del tío Hilario, pero mi tío era el que mandaba. La otra mitad de las tierras del pueblo eran dela otra gente del pueblo que estaba entrampada con el usurero

 (…) El pueblo es una calle única por la que pasa la carretera. Los campos, segados ya, están amarillos de la raíz seca de las espigas, y en un sitio donde sube un poco la tierra están las eras. Son unas plazoletas empedradas con cantos redondos que se barren muy bien antes de echar sobre ellas las espigas.

 (…) Brunete es un pueblo aburrido. No hay campos con árboles, ni con frutas, ni con flores, ni con pájaros, y los hombres y los chicos son callados y brutos. Sólo ahora, cuando han cogido el trigo y han ganado dinero, se divierten con las fiestas. Pero, aun así, son las fiestas más pobres que yo conozco. En la plaza se ponen unos feriantes con puestos de cosas de perra gorda ,alumbrados con farolitos de aceite o con velas. Y como la gente no compra, todo lo rifan a perra chica, que es la única manera de vender sus cacharros. Viene un polvorista que, desde el atrio de la iglesia tira todas las noches, desde las diez hasta las doce, quince o veinte cohetes; y sólo el último día quema unos «árboles», cinco o seis como final. Lo único que les divierte son los toros. Y en esto demuestran lo brutos que son.

 La plaza del pueblo es casi cuadrada, con piso de tierra, lleno de baches; en medio una farola de hierro sobre un pedestal de piedra. Alrededor de la plaza instalan los carros de todos, las varas del uno a caballo en el piso del otro, y atados con cuerdas para que no se separen. Queda así una barrera que rodea la plaza, y un pasillo con el piso desigual de todos los carros. El pasillo se llena de gente. Los mozos y los chicos se meten debajo entre las ruedas donde a veces penetra la cabeza del toro, y desde allí salen a torearle o miran.

 En la plaza hay un callejón sin salida donde se abre la puerta del corral del carnicero del pueblo y allí se encierran los toros. Lo llaman «el callejón del Cristo». La fiesta comienza el primer día de feria con lo que llaman el «toro del aguardiente», porque le sueltan casi al amanecer, cuando la gente se toma la copita de aguardiente de la mañana. Los carros se llenas de mujeres, de viejos y de chicos que gritan pidiendo la salida del toro..”

Arturo Barea: La forja de un rebelde, capítulo 2

 

 

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Profesor de Historia
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